Es bastante común y entendible que como seres humanos le tengamos miedo a lo desconocido. No soy la excepción (Al menos creo que soy humano), asi que sería bastante atinado pensar que le temo a lo desconocido, al menos a ciertas cosas, más específicamente, la muerte.
Era yo pequeño y estaba entre familia en el parque Tangamanga. En el planetario de ese lugar, daban ciertas presentaciones de los maravillosos objetos astrales. Quedé yo maravillado, pero cual sería mi sorpresa al ver que habían guardado lo mejor para la presentación final: los hoyos negros. Ahí me explicaron (Con un poco de exageración, ahora me doy cuenta) cómo estos monstruos astrales devoraban cuanta cosa se interpusiera en su camino, y que una vez que entrabas en ellos, no había vuelta atrás.
Fue ahí cuando la idea se disparó en mi cabeza. No había vuelta atrás. Ahí acababa todo. Obviamente, siendo un pequeño de seis años, la idea me aterrorizó. No concebía la idea de, el simplemente dejar de existir. Me parecía irreal, una broma de pésimo gusto.
A partir de esa horrible idea, se dieron lugar muchas experiencias y pensamientos por algun tiempo traumatizantes. Mi único consuelo (Y ahora me parece un tanto gracioso) era el leer la biblia.
Empecé a pensar que la idea de "Dios" era un tanto incongruente, injusta, irreal, ojete etc. De hecho me daba miedo pensar eso temiendo que en realidad existiera un Dios y se diera cuenta de que yo pensaba eso de El. Pero eventualmente, esa pequeña perra chillante que solía ser yo, se aferró a la idea: Dios no existía.
No podía, simplemente no podía existir, por más consuelo que causara en mi perturbado ser, no encontraba ninguna prueba que no fuera alguna sugestión provocada por tanto año de pensamiento católico. Las respuestas a mis preguntas eran los mas descarados disfraces a un 'Callate, no preguntes'. "Dios actua de maneras misteriosas" "El nos ama tanto que nos deja elegir entre lo bueno y lo malo" o la excepcional "No tientes a Dios". Empecé a pensar que Dios no era ni benévolo ni todopoderoso, y si no era ninguna de las dos, simplemente no era Dios.
Pensé que me estaba extralimitando. Que tal vez era la percepción que tenía de Dios la que estaba mal, asi que intenté algo poco convencional y altamente satisfactorio y educativo. Vagar entre religiones.
Temiendo sugestionarme como lo estuve en mi etapa católica, nunca me uní a otra religión, pero si me adentré en sus filosofías, metas, métodos, etc. Y llegué a sentirme cómodo, tranquilo y de cierta manera feliz en la religión que menos esperaba. Ninguna.
El ateísmo, de alguna manera me dió lo que ninguna otra religión me había dado, ganas de aprender. No me conformaba con una respuesta de calibre religioso, pensaba por mi mismo y me daba cuenta de por qué pensaba la gente como lo hacía. Aprendí el valor de una vida humana y el del potencial de ésta (Aunque me desanimaría constantemente en el futuro por ver todo este potencial deperdiciado, pero esa es otra historia) y aprendí a poder vivir sin querer ni necesitar dios (Sí, sin mayúscula) alguno.
Amén.
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1 comentario:
Amen, en el nombre del diablo, del vino y de las drogas.
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